Tuve que salir corriendo. Te conocí una tarde y unas cuantas
después, hui, hacia un lugar desconocido, con valentía y prudencia debía alejarme
de ti. Dejar la pequeña patria, era abandonar el nicho que ha significado mi andar.
He salido en busca de tierra fértil, de un alimento que no se halla en el lugar
natal, no por un asunto de suerte climática, sí por la certeza de un arbitrario asalto
por tener mi origen en tierras infartadas, corroídas por estallidos continuos,
tierras desahuciadas debido a ser maltratadas y violadas. Las que van quedando tan
desabridas como el parto crudo de una mujer que ha parido cuatro hijos por cesárea,
indeseada.
No quise dejarte tierra querida, soñada, añorada, pero si no
salía justo ese día en que la suerte movió sus cosas, sería yo ahora mismo un
campesino, hijo del desamparo y del desgarro. Tendría las gallinas en la maleta
y algunas semillas de café en el costado. Cargaría el dolor de una vida, sosegada
a veces en iglesias, otras veces en las plazas o con fortuna, nómada en casas de
resguardo.
¡Oh tierra anhelada! Merezco un perdón, porque aunque no
traje aquellas cosas en el lomo, te traje a ti. Vienes conmigo, te llevo, pero no en
las maletas como las gallinas; vas como un implante que se incrustó hasta el
límite del alma. Llego en compañía tuya, a este valle y comienzo a habitar
aquel jardín, un lugar de árboles foráneos, que aprovechan las aves migratorias. Lugar
de todos los colores, con extrañas cabañas y una gran barrera verde que aísla la
ciudad. Donde huelo el rocío, justo cuando las aves están en su furia mañanera.
¿Qué sería de mí, oh patria que me visto de ti, si no me
hubiese ido ese día? Sería tal vez un fiel trabajador de tus entrañas, pero no sería yo
esto que voy siendo, un amante de la sublimidad de los hallazgos, no estaría en la
dirección sensible y paradójica de esta, sublime y desconsolada vía filosófica en
la que me he embarcado. No estaría yo, adorada Gaia, viendo los ojos
sorprendidos de los alumnos en las mañanas. No sería preso de aquellos poetas
que, al susurrarme al oído, me dicen: '¿Cómo morir sin haber leído esto?' No me juzgues por ambicioso, no lo hagas con rencor, bien
sabes que mi destino estaba enrutado por mi amado padre, quien quería conducirme
por esos, sus conocidos pasos. Hoy he vuelto a ese segundo amor, a sentir
la algarabía de mis estudiantes, tras el encierro, aquel que me guio hacia el
encuentro conmigo mismo. Mis años los he gastado, no en tu campo, sino preparándome
para esto que soy, alguien que estudia a sus estudiantes, tanto como a sí
mismo.
Me gustó mucho Laura, Que buen cuento! Un abrazo.
ResponderEliminarMe alegra mucho que te haya gustado, gracias!
EliminarBuen cuento!!!
ResponderEliminar¡Gracias José!
EliminarMuy bonito relato, retrata esa infatigable búsqueda de muchos, de todos. Esta cargado de una muy bella nostalgia.
ResponderEliminarSe acerca a nuestro sentimiento colectivo en relación con la concepción de la universidad como un hogar que nos da sosiego ante la agresividad cotidiana. Sentimiento que además se narra un poco desde la individual.
EliminarGracias Carlos por tu apreciación!
Un relato poético hermoso, con estructura perfecta, transmite la sensibilidad de la autora. Felicidades a tan bella mujer.
ResponderEliminarGaia querida, que bonito es ofrecerte esas imágenes, cargadas de la sensibilidad que percibes. Esa relación entre el lector y relato es de una intimidad indescifrable. Gracias!!
EliminarLejanía de las palabras que migran desde lo narrativo hacia lo lírico y lo filosófico, llevando a cuestas su tierra querida y añorada. En estas palabras viajeras está contenido el sentimiento del que o de la que con valentía deja su patria, su hogar, su tierra; a saber, todos y todas en algún momento, que migrantes somos. Gracias Laura.
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